Honrar a la justicia es justicia, SALVADOR ALMARAZ honra a la justicia con su sensibilidad estética y su devoción de artista, al crear este mural en el que la leyenda y la realidad histórica se hermanan en un lenguaje pictórico que nos habla de este valor de sentido universal, sin el que la vida no sería posible, y si lo fuera, no merecería ser vivida.
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Concebida como un ideal desde los tiempos más antiguos, en el panel lateral izquierdo, la justicia tiene una doble representación que el genio del arte plasma en imágenes inspiradas en el diálogo platónico de “Fedro o Sobre la Belleza” y en la mitología griega.
En el lateral de Fedro, la justicia se encarna en las manos de un cochero que con energía sostiene las bridas de una cuadriga de alígeros caballos. El tronco de los caballos blancos es de los de buena raza y marchan con facilidad hacia las alturas, con ansias de infinito, en pos de las virtudes de la justicia, hijas de Júpiter y Themis; sus rostros aparecen en la región inmortal de los héroes, representadas al centro, por Aequitas o la Equidad, una matrona de semblante apacible, hacia la que dirigen la mirada sus hermanas, Thesmos o la Ley, una mujer de rostro severo e Irene o la Paz, símbolo de la dicha humana y el más precioso don que podían otorgar los dioses a la miseria de los hombres. El tronco de los caballos negros de mala raza, uno de ellos ominosamente mecanizado, tiran hacia la tierra y resisten al cochero, precipitándose a las profundidades abismales en donde moran los enemigos de la justicia: seis mascarones con diferentes expresiones que personifican a Até o la injusticia, suspendida en los aires, que domina y devasta la tierra y hace a los hombres sus cómplices o víctimas; el Favor, acompañado de la Adulación y de la Envidia, hacen mefítico el ambiente, en tanto que la Calumnia, con la mirada en blanco, anuncia su sentimiento innoble de exterminar a la Inocencia; en tanto que la Indolencia se recuesta con total abulia e indiferencia. Así, la faena de conducir resulta pesada y dificultosa.
En el lateral mitológico, Themis hija del cielo, única mujer del Olimpo, a quien se permitió llamarse con la radical del nombre divino, se casa con Júpiter, convertido por el pincel del artista en flamígero rayo que desciende sobre la desposada. De la unión de ambos nace Astrea, que es la diosa de la justicia terrena. Es a ella a quien se encomendó la solución de las contiendas entre los hombres y a ese objeto bajó a la tierra, en donde su cuerpo, en una composición personal del genio creador, pronto se transforma en una montaña humana doliente y mutilada por causa de las injusticias provocadas por los mismos hombres: la esclavitud, el hambre, el dolor, la iniquidad, el engaño, el crimen. Concebido con pasión y con coraje, el conjunto provoca angustia y congoja a la vez que explica al desenlace mitológico del retorno de Astrea al cielo, donde mora en el Zodiaco, bajo el signo de Libra. Themis lleva los ojos vendados, porque posee la esencia de la justicia divina y sus juicios son inmutables e inflexibles; ha sido representada con una espada perpendicular, símbolo de la fuerza de la que hará uso, en caso necesario, para imponer sus decisiones, y con las “facies”, manojo de varas ligadas con una correa, del medio de las cuales sale un hacha, símbolo de la autoridad. Astrea tiene los ojos bien abiertos y su mirada es profunda, ya que ha de escudriñar los móviles de los actos humanos con vista penetrante; lleva en las palmas de sus manos los platillos de la balanza que tanto configura el sentimiento de lo justo en la conciencia de los hombres, como la igualdad de trato de las dos partes en conflicto.
En el fondo de este panel, se aprovechan los espacios libres con diversos simbolismos escenográficos, zoomórficos e ideomórficos: El sol que nace de las sombras, como alborada del orden jurídico; las cigüeñas, que tienen atributos de caridad, pues sustentan a sus padres viejos, a la vez que son enemigos capitales de las serpientes y reptiles a los que persiguen y devoran; la letra E, que la escuela neo-pitagórica asignó a la justicia como símbolo, por la semejanza de sus trazos con los de la balanza y el número 8 grafismo de singular equilibrio, por su perfecta divisibilidad, exactitud y proporción.

Los pueblos, como los hombres, no son dueños de su fines, sino de sus caminos y en los caminos del Derecho y la Justicia, descubrimos la presencia de Miguel Ramos Arizpe, padre del federalismo; Juan Antonio de la Fuente, la pureza patriótica, Francisco I. Madero, la democracia rediviva y Venustiano Carranza, genio creador del constitucionalismo moderno; su presencia en el panel del centro, es la representación de Coahuila, en el parto luminoso de nuestro ser político en la Constitución de 1824, en la hora de la Reforma y en la épica contienda de la Revolución, forja y yunque del México contemporáneo, definido en la Constitución de 1917. Dos columnas enmarcan esta expresión histórica: la de la templanza y la de la fortaleza, que afirman la justicia contra la codicia y el temor; en ellas se inscriben los nombres de Magistrados y Jueces ilustres que, con su conducta, han dignificado la judicatura. Los textos abiertos de nuestras Constituciones de 1827 y 1918, transcriben los preceptos que tratan de la responsabilidad e independencia de quienes tienen a su cargo la noble labor de impartir justicia.
En medio de este panel, un sol resplandeciente ilumina al paisaje del Derecho, vivificando el Orden Jurídico Supremo; un platillo de una balanza en el que aparecen colocados leyes y libros, normas de la conducta ajena y fuentes del consejo del juzgador, se ve superado, en el fiel imaginario, por el otro platillo que sustenta una rosa, signo del amor que, con la justicia, constituye la otra parcela del derecho; el amor que por sí solo transforma el trabajo en creación, la tenacidad en heroísmo; la fe en entereza; la concupiscencia en noble pasión; la lucha en concordia; la idea en credo; la vergüenza en valor; y, la vida en una eterna poesía.
La humanidad todavía tiene pendiente la tarea de dar a los pueblos un orden de paz y de justicia. En el primer plano del panel lateral derecho, Almaráz destaca en forma metafórica pero expresiva, el terrible y doloroso drama de la injusticia, mostrándola como una mujer de ondulantes formas, desfallecida por el ataque brutal de una banda de chacales, que la despojan de sus vestiduras, hincan sus dientes sobre su cuerpo y la violan con singular ferocidad; la plasticidad pictórica de este festín de chacales, personifica a los farisaicos, a los simuladores, a los canallas, a los zurupetos, a los iracundos y a los cohechadores, que lesionan gravemente a la justicia.
En el plano del fondo del mismo panel, entre colores rojos y sepias, emerge una apocalíptica visión de las graves injusticias en el orden universal, evocando a las víctimas ignoradas por la historia. Flanquean esta fantasmal imagen, héroes anónimos, cruelmente ajusticiados, fin de los hombres auténticos que han servido al pueblo y que el pueblo llevará a hombros sus cadáveres, entonando cantos de esperanza. Al centro, la armazón de la cúpula bélica, las detonaciones nucleares y la conquista del espacio, alardes de la tecnología, con la que el hombre pretende neciamente conseguir la paz, olvidándose de que ésta no puede darse mientras perdure el clima de antagonismos y tensiones en que hoy vivimos; asimismo, aparece una familia acosada por el miedo, aplastada por la codicia de las grandes potencias; el hombre rudo para el trabajo y tierno para el amor; la mujer, madre al fin, estrecha entre sus brazos a su pequeño y los niños, con la boca abierta, vocean un grito nuevo, áspero, salvaje, llamando al horizonte.
TEXTOS: LIC. JOSÉ FUENTES GARCÍA.